Pan recién hecho
PAN RECIÉN HECHO
Vivir en una ciudad está muy bien. Hay muchas cosas que mirar, que oler y que chupar, pero no hay nada mejor que el aire fresco y la tranquilidad de los parques con sus árboles. De las grandes urbes, me gustan especialmente las personas. Tienen muchos más olores que las plantas o las flores, al contrario de lo que la gente cree. Cada vez que salgo a la calle paso horas buscando nuevos olores y sensaciones. Odio los coches y el humo que desprenden. Contaminan el aire y camuflan todos los grandes olores que la ciudad ofrece: la lluvia, el café, el pan recien hecho... ¡Oh, el pan recien hecho! ¡Qué maravilla! Lo peor de todo es que los humanos no se dan cuenta de los olores que se pierden por detrás de esa nube que pinta de gris el cielo.
A veces vamos al campo. Cada vez que vamos es un regalo para mí. Suele ser un fin de semana de esos en los que nos montamos en el coche para pasar varios días en la casa de pueblo. Sé que no les resulta fácil, ya que tienen que conducir, preparar las mochilas y dejar toda la casa limpia antes de marcharnos. Cada vez que veo que empiezan a recoger, me pongo a saltar por todas partes, incluso intento ayudar todo lo que puedo, aunque es difícil con cuatro patas.
Nada más llegar, dejamos nuestras cosas en casa y vamos a dar un paseo. Aquí no necesito correas. El ambiente está lleno de estímulos que me llaman: hay animales de todo tipo, hierba verde y fresca, y olores espectaculares. La sensación de libertad es inimaginable. En uno de esos días de campo, mis dueños se sentaron a la sombra de un precioso nogal para resguardarse del caluroso día que hacía. Yo, mientras tanto, correteaba por ahí. Persiguiendo pájaros, recreando olores y siguiendo a mi instinto.

De pronto, noté esa extraña sensación. Mi estomago se cerró y la acción de correr se volvió incómoda. Mis riñones y mi vejiga trabajaban a toda velocidad. Ya no aguantaba más, tenía que orinar. Lo bueno es que, al estar en el campo, podía hasta elegir el árbol que yo quisiera. Así que me dirigí al nogal en el que estaban mis dueños. Por suerte ya se habían levantado, y antes de que me llamaran desde el umbral de casa, me alivié a la sombra del precioso nogal. Mientras volvía corriendo a casa pude oler el pan recien hecho de la panadería del pueblo. Maravilloso. No hay nada mejor que estar en casa.






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